Capítulo 6 · 12 min de lectura
Carga
Recuerdo muy bien la tarde en que le pedí al Señor que me diera una carga por los jóvenes. Yo era maestro de escuela con las Fuerzas Británicas en Alemania y sentía lo insuficiente de mi testimonio verbal ante los alumnos, así que clamé en oración por la carga que suponía me daría la motivación para testificar más. No vi ninguna respuesta inmediata, pero sí ejercí más valor al hablar con algunos de ellos.
Tres años después, estábamos de regreso en nuestro hogar en Gales y yo enseñaba en una escuela secundaria local. Algunas adolescentes solían pasar por nuestra casa camino de la escuela a su hogar, así que Anne sugirió que ella podría hacer un pequeño estudio bíblico con ellas una vez por semana. Aceptaron con entusiasmo, y pronto el grupo incluía a muchachos y había crecido hasta las dos cifras, de modo que me encontré asumiendo el liderazgo, preparando estudios bíblicos y planeando otras actividades.
Dos años después, habíamos visto a muchos jóvenes adultos, de entre dieciocho y veintiocho años, llegar a la fe en el Señor. Dos iglesias de nuestra ciudad habían sido revitalizadas y el impacto en la comunidad circundante fue considerable. No era que yo fuera un evangelista —lejos de ello—, sino que los jóvenes guiaban a sus amigos a la fe en Cristo y yo simplemente los «pastoreaba», con una carta blanca que me habían dado los ancianos de nuestra iglesia. Algunos años después, uno de aquellos jóvenes, ahora en el ministerio a tiempo completo para el Señor, dijo: «¡Estábamos en avivamiento, y no lo reconocimos!»
Era normal para nosotros ver nuevos creyentes casi todas las semanas. Comía, bebía, dormía y vivía la obra con los jóvenes, cada momento libre de mi día, ¡y nunca me cansaba! (¡y nunca sentí la necesidad de que me pagaran!)
Cuando llegué a ser pastor muchos años después, a Anne le preguntaron cuáles eran las diferencias de ser ahora esposa de un pastor, habiendo sido durante tanto tiempo esposa de un maestro. Su respuesta fue que ahora yo hacía a tiempo completo lo que antes había estado haciendo en todo mi tiempo libre.
Había ocasiones en que, tras un día agotador de trabajo, me llamaban de mi cama en las primeras horas de la madrugada porque uno de los jóvenes estaba pasando por algún problema y necesitaba ayuda, ¡ya! Me ponía los pantalones sobre el pijama, me subía al auto e iba a buscar al joven en apuros, para regresar a casa algunas horas más tarde y arrastrarme a la cama para dormir un breve rato antes de salir hacia la escuela. Lo asombroso era que la noche siguiente no estaba cansado y no sentía ninguna necesidad de acostarme temprano para recuperar el sueño. Esto sucedió unas cuantas veces hasta que lo reconocimos como un refrigerio inusual de parte del Señor.
Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.»
Yo debía predicar durante cuatro noches en una gran iglesia de Brasil. El pastor que me hospedaba vino al recinto de JuCUM donde me alojaba, para llevarme en auto a su iglesia. Él tenía cerca de la mitad de mi edad, era muy afable y hablaba muy bien el inglés.
«Pastor Gareth», dijo, «¿cómo hace usted para seguir tan activo como lo hace?» «Parece tener una energía inagotable, mientras que yo estoy agotado dirigiendo mi iglesia.» Y pasó a contarme cómo estaba en la iglesia cada mañana a las 6:30 para orar y no llegaba a casa cada noche hasta después de las 11 de la noche, tras haber cerrado con llave el edificio al terminar la reunión (que era cada noche).
Tras asegurarle que yo también me canso y por eso necesito descansar durante el día, le pregunté de quién era la iglesia que él estaba edificando. «¡Pues del Señor, por supuesto!», respondió. Le sugerí que no era la iglesia del Señor lo que él estaba edificando, sino la suya propia, pues el Señor mismo ha dicho que «Mi yugo es fácil y ligera mi carga». No entiendo cómo tantos pastores sufren colapsos físicos cuando son colaboradores de Cristo —unidos a Él bajo el mismo yugo—, ¡y Su carga es liviana! ¡Por favor, no me diga que siempre es porque Satanás los ataca solo por su posición de pastores! Él no necesita venir contra ellos cuando ellos tratan de edificar el reino de Dios con sus propias fuerzas y programas. ¡Él no le teme a semejante iglesia! Solo teme a la iglesia de la cual Jesús dijo: «Yo edificaré MI iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».
Le sugerí a mi amigo brasileño que se ocuparía mejor liberando a otros de su congregación para que ayudaran a llevar la carga, tal como el Señor los había capacitado y quería que hicieran. Al hacer él mismo toda la obra, estaba frustrando los propósitos del Señor para aquella congregación.
Su propia carga personal y su evidente don eran los de un líder de adoración, pero las exigencias de todo el otro trabajo que sentía que debía hacer como pastor lo privaban del gozo que habría tenido al ministrar en su don, y privaban a la iglesia de un acceso ungido a la presencia del Señor mediante la alabanza y la adoración.
Cuando estamos unidos al mismo yugo junto con él, compartimos Su carga. Su carga para mí fue el ministerio con los jóvenes; para el apóstol Pablo fue predicar el Evangelio a los gentiles; para Jacky Pullinger fueron los drogadictos de la Ciudad Amurallada de Kowloon; para Hudson Taylor fueron los paganos de China; para John Wesley fueron los que estaban fuera de la iglesia en Inglaterra; para Chuck Colsen fueron los reclusos de las cárceles estadounidenses; para .............
¿Cuál es Su carga para USTED?
Él tiene una carga para usted y está esperando que usted la tome. Lamentablemente, muchos que tienen cargas profundas en la obra del Señor a menudo esperan que otros las lleven. «¡Ese es el trabajo del pastor! ¿Por qué no está haciendo algo al respecto? Hay un problema terrible en esta ciudad con las pandillas juveniles. ¿Por qué la iglesia no está haciendo algo al respecto?» ¿Por qué no lo hace usted? Ciertamente, debemos «sobrellevar los unos las cargas de los otros» (Gál 6:2) cuando esas cargas son algún peso de aflicción, pero cuando la carga es una carga ministerial de parte del Señor, «cada uno lleve su propia carga» (Gál 6:5). Cuando tratamos de poner nuestras cargas sobre otros, actuamos igual que los fariseos de los días de Jesús. Siempre estaban diciéndoles a los demás lo que debían hacer, de modo que Jesús dijo de ellos: «Atan cargas pesadas, y las ponen sobre los hombros de los hombres».
Cuando otra persona pone su carga ministerial sobre usted, esta puede volverse muy pesada; solo la carga que Jesús tiene para usted será «ligera».
Qué triste es que nosotros, los que somos líderes de la iglesia, a menudo seamos los primeros en poner «nuestra carga» sobre otros, a veces usando la manipulación, la adulación o la culpa para lograr que hagan nuestra voluntad.
«¡John, necesitamos otro maestro de escuela dominical y creo que usted es justo el hombre indicado para el puesto!» Si John es «justo el hombre indicado», también debería tener una carga por esa obra.
«Mary, un grupo de las damas está comenzando a hacer visitación casa por casa para invitar a la gente a nuestros cultos. Estoy seguro de que podemos contar con usted para que no nos falle.»
Por supuesto, si a John y a Mary se les pide que hagan estos «ministerios», siempre pueden acceder a hacerlo, aun sin una «carga», como un acto de fidelidad al servir a la iglesia (y, con suerte, al Señor), pero deben asegurarse de no atarse a compromisos que podrían ser un obstáculo para que el Señor los llame a algún otro ministerio que sea Su verdadera carga y propósito para ellos. John podría responder: «Sí, pastor, estaré dispuesto a enseñar una clase de escuela dominical por un tiempo. Me comprometeré por los próximos tres meses, renovables por otros períodos de tres meses, hasta que el Señor me deje claro que tiene otro ministerio más apropiado para mi carga.» Lamentablemente, ¡muchos pastores ven esto como una falta de compromiso! ¿Ante quién?
Jim era un joven con una carga. Cada fin de semana, él y dos amigos oraban durante toda la noche del viernes antes de pasar el día siguiente en las calles de nuestra ciudad, testificando a quienquiera con quien pudieran entablar conversación. Los pastores respetaban la obra de Jim y con gusto le permitían asistir a sus reuniones mensuales del ministerio pastoral, aunque él no pertenecía a ninguna iglesia local ni asistía a ella. De hecho, era todo un cínico cuando se trataba de hablar de las iglesias de nuestra ciudad. «¡Todos están jugando! ¡Ninguno de ellos se toma en serio la verdadera obra de la oración, la intercesión y el evangelismo!», solía decirle a quienquiera que lo escuchara.
Un domingo, Roger vino a nuestro culto del domingo por la mañana. No sabía mucho de las «formalidades» de las reuniones de iglesia, pero irradiaba calidez en su flamante relación con el Señor.
«Jim me guió a Cristo anoche», me dijo, «¡e insistió en que asistiera a esta iglesia para ser disciplinado!» Le expliqué la diferencia entre ser «disciplinado» y ser «discipulado».
La siguiente vez que vi a Jim, le comenté sobre Roger, añadiendo, con una sonrisa, que parecía que Jim ahora estaba en el negocio de producir hijos ilegítimos, engendrándolos en la calle, ¡pero esperando que otros los criaran! Esto evidentemente le llegó a lo hondo, pues el domingo siguiente estuvo en nuestro culto. Estuvo allí las siguientes cinco semanas hasta que, un día, nos reunimos para almorzar.
«¿Qué hay en su corazón estos días?», pregunté.
«Lo mismo de siempre: oración e intercesión», respondió.
«¿Qué piensa de la vida de oración de nuestra iglesia?» «¡No mucho! ¡Nadie allí parece interesado en la oración perseverante!» «Ah», dije, «conozco a un hombre en nuestra iglesia que tiene una verdadera carga por la oración. Mide casi dos metros, tiene el cabello rubio, es...» Jim se rascó la cabeza mientras yo continuaba la descripción, tratando de pensar quién podría ser este hombre, hasta que añadí que tenía un pequeño negocio como artista gráfico comercial. «¡Pero ese soy yo!», dijo, mirándome como si yo estuviera perdiendo la cordura.
«¡Así es!», exclamé. «¡Efectivamente! Dígame, Jim, ¿por qué será que Dios le ha dado esta carga a usted, pero quiere que yo la lleve? Yo tengo mi propia carga que llevar en la obra del Señor, y necesito que usted esté llevando su carga de oración por mí, para que yo pueda llevar mi carga con mayor eficacia.»
«¿Qué debo hacer, entonces?», preguntó Jim.
«Usted debería estar diciéndomelo a mí, no yo a usted. Usted es quien tiene la carga, y si esa carga es verdaderamente del Señor, ¡Él es quien ha de decirnos cómo debe usted llevarla!»
«Hay que enseñarle a la gente a orar.»
«Entonces, ¿cuándo va a hacerlo usted?»
«¿Qué? ¿Yo?»
«¡Sí, usted! ¡Usted es quien tiene la carga! ¿Cuándo va a empezar a enseñar a la gente a orar?»
«¿La próxima semana?»
«¡Muy bien!»
La semana siguiente Jim comenzó una clase, formada por un núcleo de mi congregación y algunos estudiantes de la universidad local, que se habían enterado de las enseñanzas anunciadas en el campus. Después de la enseñanza, la gente comenzó a orar e interceder de veras, según el «patrón» que Jim les había presentado. Estábamos entrando en una intimidad con el Señor y oyendo la voz del Espíritu, que nos guiaba a orar por las cosas que estaban en el corazón del Señor.
En el plazo de un año, la congregación se había duplicado, los ancianos habían nombrado a un pastor auxiliar, ¡se había terminado un edificio completamente nuevo con capacidad para casi trescientas personas y estaba casi del todo pagado! Los líderes de mi denominación piensan que hice un gran trabajo en aquella iglesia, que durante varios años había tenido un historial de escasa asistencia, pero yo sé lo que sucedió, y ahora usted también. ¡Todo lo que había hecho era soltar a un águila para que volara!
El Señor había puesto Su carga sobre Jim porque quería usarlo para la edificación de Su pueblo. Cuando fue liberado al ministerio, Dios ungió la obra.
Su Carga
¿Qué es lo que más pesa sobre su corazón? Solo usted puede dar la respuesta a esa pregunta, aunque otros puedan ayudarle a definirla con claridad.
Si usted no tiene una carga relacionada con la obra del Reino, por favor ore para que el Señor le dé una y se la dé a conocer. Cuando le pedí al Señor mi carga por los jóvenes, no tenía el entendimiento que tengo ahora acerca de que Su carga es «ligera». Mi oración incluía la declaración de que no pedía ser feliz llevando la carga, sino solo saber que, cuando termine mi jornada en la tierra, le oiré decir: «¡Bien, buen siervo y fiel!» No hallé una felicidad continua —de hecho hubo muchas experiencias infelices—, pero ciertamente sí hallé gozo y realización en aquella carga.
Al contemplar el ministerio de Jesús, es evidente que Su carga es relacional: es por las personas. Dijo que había sido ungido para predicar a los pobres, poner en libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y predicar reconciliación, o el favor de Dios, sobre el pueblo. Desde aquellos días, por supuesto, hemos desarrollado la iglesia hasta un punto en que tenemos hermosos edificios que mantener y tantos programas bien organizados que es fácil que las personas lleguen a ser menos importantes que estas cosas. Lamentablemente, muchos de nuestros ministerios están tan orientados a las tareas que a menudo se considera a las personas prescindibles, y muchas cargan heridas profundas a raíz de sus experiencias.
Lejos esté de mí sugerir que usted no deba tener la carga de mantener un hermoso santuario, pero recuerde que su propósito siempre debe ser llevar a hombres y mujeres a una relación más profunda con el Señor.
Aquí hay una lista de algunas cargas, una de las cuales el Señor podría poner sobre usted.
En la congregación: enseñanza bíblica; niños; edificio de la iglesia; limpieza; danza; diaconado; ancianato; evangelismo; finanzas; flores; matrimonios; misiones; música; nuevos creyentes; alcance; alabanza & adoración; oración & intercesión; adultos mayores; solteros; grupo pequeño; escuela dominical; unidad; ujieres; jóvenes; … En la sociedad: ; víctimas del aborto; negocios locales; cafetería; medio ambiente; su familia; gobierno provincial o federal; minorías; prostitución; escuelas locales; deportes; gente de la calle; comedores sociales; derechos de la mujer; el lugar de trabajo… añada las suyas.
Capítulo 6 completado
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