Capítulo 6 · 9 min de lectura
La certeza de la respuesta a la oración
«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá; porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá»—Mateo 7:7-8.
«Pedís, y no recibís, porque pedís mal.»—Santiago 4:3.
NUESTRO Señor vuelve aquí, en el Sermón del Monte, por segunda vez a hablar de la oración. La primera vez había hablado del Padre que se halla en lo secreto y recompensa en público, y nos había dado la oración modelo (Mateo 6:5-15). Aquí quiere enseñarnos lo que en toda la Escritura se considera lo principal en la oración: la certeza de que la oración será oída y respondida. Observe cómo emplea palabras que significan casi lo mismo, y cada vez repite la promesa con tanta claridad: «Recibiréis, hallaréis, se os abrirá»; y luego da como fundamento de esta certeza la ley del reino: «El que pide, recibe; el que busca, halla; al que llama, se le abrirá.» No podemos menos que sentir cómo, en esta séxtuple repetición, quiere grabar hondo en nuestra mente esta única verdad: que podemos y debemos esperar con toda confianza una respuesta a nuestra oración. Después de la revelación del amor del Padre, no hay en todo el curso de la escuela de la oración lección más importante que esta: todo el que pide, recibe.
En las tres palabras que emplea el Señor, pedid, buscad, llamad, se ha querido ver una diferencia de sentido. Si tal era en verdad su propósito, entonces la primera, PEDID, se refiere a los dones que pedimos. Pero puedo pedir y recibir el don sin el Dador. BUSCAD es la palabra que la Escritura emplea de Dios mismo; Cristo me asegura que puedo hallarle a Él. Pero no basta hallar a Dios en la hora de necesidad, sin llegar a una comunión permanente: LLAMAD habla de ser admitido a morar con Él y en Él. Pedir y recibir el don conduciría así a buscar y hallar al Dador, y esto a su vez a llamar y a que se abra la puerta del hogar y del amor del Padre. Una cosa es segura: el Señor quiere que contemos con toda certeza con que el pedir, el buscar y el llamar no pueden ser en vano; recibir una respuesta, hallar a Dios, el corazón y el hogar de Dios abiertos, son el fruto seguro de la oración.
Que el Señor haya juzgado necesario repetir la verdad de tantas maneras es una lección de hondo alcance. Prueba que Él conoce nuestro corazón, cuán natural nos es la duda y la desconfianza hacia Dios, y con cuánta facilidad nos inclinamos a descansar en la oración como una obra religiosa, sin respuesta. Sabe también cómo, aun cuando creemos que Dios oye la oración, la oración creyente que se aferra a la promesa es algo espiritual, demasiado alto y difícil para el discípulo de corazón tibio. Por eso, desde el comienzo mismo de su enseñanza a quienes querían aprender a orar, procura alojar esta verdad en lo profundo de su corazón: la oración vale mucho; pedid, y recibiréis; todo el que pide, recibe. Esta es la ley fija y eterna del reino: si usted pide y no recibe, debe de ser porque hay algo defectuoso o que falta en la oración. Persevere; deje que la Palabra y el Espíritu le enseñen a orar rectamente, pero no suelte la confianza que Él procura despertar: todo el que pide, recibe.
«Pedid, y se os dará.» Cristo no tiene en su escuela estímulo más poderoso para la oración perseverante que este. Como el niño ha de comprobar que una suma es correcta, así la prueba de que hemos orado rectamente es la respuesta. Si pedimos y no recibimos, es porque no hemos aprendido a orar rectamente. Que todo aprendiz en la escuela de Cristo tome, pues, la palabra del Maestro con toda sencillez: todo el que pide, recibe. Él tenía buenas razones para hablar tan incondicionalmente. Guardémonos de debilitar la Palabra con nuestra sabiduría humana. Cuando Él nos dice cosas celestiales, creámosle: su Palabra se explicará por sí misma a quien la crea plenamente. Si surgen preguntas y dificultades, no procuremos resolverlas antes de aceptar la Palabra. No; encomendémoselas todas a Él: suyo es resolverlas; nuestra obra es, primero y del todo, aceptar y retener firme su promesa. Que en nuestro aposento, y también en el aposento de nuestro corazón, la Palabra quede inscrita en letras de luz: todo el que pide, recibe.
Según esta enseñanza del Maestro, la oración consta de dos partes, tiene dos lados, uno humano y otro divino. Lo humano es el pedir; lo divino, el dar. O, mirando ambos desde el lado humano, están el pedir y el recibir: las dos mitades que forman un todo. Es como si Él quisiera decirnos que no hemos de descansar sin una respuesta, porque es la voluntad de Dios, la regla en la familia del Padre: toda petición confiada y creyente, como la de un niño, es concedida. Si no viene respuesta, no hemos de sentarnos en la pereza que se llama a sí misma resignación, y suponer que no es la voluntad de Dios dar respuesta. No; ha de haber algo en la oración que no es como Dios lo quiere, confiado y creyente; hemos de buscar gracia para orar de modo que la respuesta venga. Mucho más fácil le es a la carne someterse sin la respuesta que entregarse a ser escudriñada y purificada por el Espíritu, hasta que haya aprendido a orar la oración de fe.
Es una de las señales terribles del estado enfermo de la vida cristiana en estos días que haya tantos que se contentan sin la experiencia clara de respuesta a la oración. Oran a diario, piden muchas cosas y confían en que algunas serán oídas, pero poco saben de una respuesta directa y definida a la oración como regla de la vida diaria. Y esto es lo que el Padre quiere: busca el trato diario con sus hijos, oyendo y concediendo sus peticiones. Él quiere que yo acuda a Él día tras día con peticiones concretas; Él quiere hacer por mí, día tras día, lo que le pido. Fue en su respuesta a la oración donde los santos de la antigüedad aprendieron a conocer a Dios como el Viviente, y fueron movidos a la alabanza y al amor (Salmos 34; 66:19; 116:1). Nuestro Maestro espera grabar esto en nuestra mente: la oración y su respuesta, el hijo que pide y el padre que da, se pertenecen mutuamente.
Puede haber casos en que la respuesta sea una negativa, porque la petición no es conforme a la Palabra de Dios, como cuando Moisés pidió entrar en Canaán. Pero aun así hubo una respuesta: Dios no dejó a su siervo en incertidumbre acerca de su voluntad. Los dioses de los paganos son mudos y no pueden hablar. Nuestro Padre hace saber a su hijo cuándo no puede darle lo que pide, y este retira su petición, como lo hizo el Hijo en Getsemaní. Tanto Moisés el siervo como Cristo el Hijo sabían que lo que pedían no era conforme a lo que el Señor había dicho: su oración era la humilde súplica de si no sería posible que la decisión cambiara. Dios enseñará a quienes son enseñables y le dan tiempo, por su Palabra y su Espíritu, si su petición es conforme a su voluntad o no. Retiremos la petición, si no es conforme al parecer de Dios, o perseveremos hasta que venga la respuesta. La oración está destinada a obtener la respuesta. Es en la oración y su respuesta donde tiene lugar el intercambio de amor entre el Padre y su hijo.
¡Cuán profundo ha de ser el extrañamiento de nuestro corazón respecto de Dios, para que nos resulte tan difícil asir tales promesas! Aun cuando aceptamos las palabras y creemos su verdad, la fe del corazón, que las posee del todo y se goza en ellas, llega muy despacio. Es porque nuestra vida espiritual es todavía tan débil, y la capacidad de recibir los pensamientos de Dios es tan escasa. Pero miremos a Jesús para que nos enseñe como solo Él puede enseñar. Si tomamos sus palabras con sencillez y confiamos en que Él, por su Espíritu, las haga en nosotros vida y poder, entrarán de tal modo en nuestro ser interior que la realidad espiritual y divina de la verdad que contienen tomará en verdad posesión de nosotros, y no descansaremos satisfechos hasta que toda petición que ofrezcamos sea llevada al cielo sobre las mismas palabras de Jesús: «Pedid, y se os dará».
¡Amados condiscípulos en la escuela de Jesús! Dispongámonos a aprender bien esta lección. Tomemos estas palabras tal como fueron dichas. No permitamos que la razón humana debilite su fuerza. Tomémoslas como Jesús las da, y creámoslas. Él nos enseñará a su debido tiempo cómo entenderlas plenamente; comencemos por creerlas sin reservas. Tomemos tiempo, cada vez que oramos, para escuchar su voz: todo el que pide, recibe. No hagamos de las débiles experiencias de nuestra incredulidad la medida de lo que nuestra fe puede esperar. Procuremos, no solo en nuestros tiempos de oración, sino en todo momento, retener la gozosa certeza: la oración del hombre en la tierra y la respuesta de Dios en el cielo están hechas la una para la otra. Confiemos en que Jesús nos enseñe a orar de tal modo que la respuesta pueda venir. Él lo hará, si retenemos firme la palabra que hoy nos da: «Pedid, y recibiréis».
«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»
¡Oh Señor Jesús! Enséñame a entender y creer lo que ahora me has prometido. No se te oculta, oh Señor mío, con qué razonamientos busca mi corazón satisfacerse cuando no viene respuesta. Está el pensamiento de que mi oración no armoniza con el secreto consejo del Padre; de que quizá haya algo mejor que quieras darme; o de que la oración, como comunión con Dios, es bendición suficiente aun sin respuesta. Y sin embargo, bendito Señor mío, hallo en tu enseñanza sobre la oración que no hablaste de estas cosas, sino que dijiste tan claramente que la oración puede y debe esperar una respuesta. Nos aseguras que esta es la comunión de un hijo con el Padre: el hijo pide y el Padre da.
¡Bendito Señor! Tus palabras son fieles y verdaderas. Ha de ser porque oro mal que mi experiencia de la oración respondida no es más clara. Ha de ser porque vivo demasiado poco en el Espíritu que mi oración es demasiado poco en el Espíritu, y que falta el poder para la oración de fe.
¡Señor! Enséñame a orar. ¡Señor Jesús! En ello confío en ti; enséñame a orar con fe. ¡Señor! Enséñame esta lección de hoy: todo el que pide, recibe. Amén.
Capítulo 6 completado
La certeza de la respuesta a la oración