Capítulo 33 · 34 min de lectura
George Müller, y el secreto de su poder en la oración
CUANDO Dios desea enseñar de nuevo a su Iglesia una verdad que no se comprende ni se practica, casi siempre lo hace suscitando a algún hombre para que sea, en palabra y en obra, un testigo vivo de su bienaventuranza. Y así, Dios ha suscitado en este siglo diecinueve, entre otros, a George Muller, para que sea su testigo de que él es en verdad quien oye la oración. No conozco ninguna manera en que las principales verdades de la palabra de Dios respecto a la oración puedan ilustrarse y establecerse con más eficacia que un breve repaso de su vida y de lo que él cuenta de sus experiencias en la oración.
Nació en Prusia el 25º de septiembre de 1805, y tiene por tanto ahora ochenta años de edad. Sus primeros años, aun después de haber ingresado en la Universidad de Halle como estudiante de teología, fueron perversos en extremo. Llevado por un amigo una tarde, cuando apenas tenía veinte años de edad, a una reunión de oración, quedó profundamente impresionado, y poco después fue traído a conocer al Salvador. No mucho después comenzó a leer publicaciones misioneras, y con el tiempo se ofreció a la Sociedad de Londres para la promoción del cristianismo entre los judíos. Fue aceptado como estudiante, pero pronto descubrió que no podía someterse en todo a las reglas de la Sociedad, pues dejaban demasiado poca libertad para la dirección del Espíritu Santo. La relación se disolvió en 1830 por mutuo consentimiento, y llegó a ser el pastor de una pequeña congregación en Teignmouth. En 1832 fue llevado a Bristol, y fue como pastor de la Capilla Bethesda que fue llevado al Hogar de Huérfanos y a otras obras, en relación con las cuales Dios lo ha guiado de manera tan notable a confiar en su palabra y a experimentar cómo Dios cumple esa palabra.
Algunos extractos acerca de su vida espiritual prepararán el camino para lo que deseamos citar en especial de sus experiencias en lo referente a la oración.
«En relación con esto quisiera mencionar que el Señor, muy misericordiosamente, me dio, desde el mismo comienzo de mi vida divina, una medida de sencillez y de disposición infantil en las cosas espirituales, de modo que, aunque yo era sumamente ignorante de las Escrituras, y de tiempo en tiempo aún era vencido incluso por pecados externos, sin embargo se me concedió llevar los asuntos más menudos al Señor en oración. Y he hallado que “la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera.” Aunque muy débil e ignorante, tenía ahora, por la gracia de Dios, algún deseo de beneficiar a otros, y el que en otro tiempo había servido tan fielmente a Satanás, buscaba ahora ganar almas para Cristo.»
Fue en Teignmouth donde fue llevado a saber cómo usar la palabra de Dios, y a confiar en el Espíritu Santo como el Maestro dado por Dios para hacer clara esa palabra. Él escribe:—
«Dios comenzó entonces a mostrarme que la palabra de Dios por sí sola es nuestra norma de juicio en las cosas espirituales; que solo puede ser explicada por el Espíritu Santo; y que en nuestros días, así como en tiempos pasados, él es el Maestro de su pueblo. El ministerio del Espíritu Santo no lo había comprendido yo de manera experimental antes de aquel tiempo.
«Fue mi comienzo a comprender este último punto en particular lo que tuvo un gran efecto en mí; porque el Señor me capacitó para ponerlo a prueba por la experiencia, dejando a un lado los comentarios, y casi todo otro libro, y leyendo simplemente la palabra de Dios y estudiándola.
«El resultado de esto fue que la primera tarde que me encerré en mi cuarto, para entregarme a la oración y a la meditación sobre las Escrituras, aprendí más en unas pocas horas de lo que había aprendido durante un período de varios meses anteriores.
«Pero la diferencia particular fue que, al hacerlo, recibí verdadera fortaleza para mi alma. Comencé entonces a probar con la prueba de las Escrituras las cosas que había aprendido y visto, y hallé que solo aquellos principios que resistían la prueba eran de verdadero valor.»
Acerca de la obediencia a la palabra de Dios, escribe lo siguiente, en relación con su bautismo:—
«Había placido a Dios, en su abundante misericordia, poner mi mente en tal estado que yo estaba dispuesto a llevar a mi vida cualquier cosa que hallara en las Escrituras. Podía decir: “Haré su voluntad”, y fue por esa razón, creo yo, por la que vi cuál “doctrina es de Dios.”—Y observaría aquí, de paso, que el pasaje al que acabo de aludir (Juan 7:17) ha sido para mí un comentario de lo más notable sobre muchas doctrinas y preceptos de nuestra santísima fe. Por ejemplo: “No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:39-44). “Vended lo que poseéis, y dad limosna” (Lucas 12:33). “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros” (Romanos 12:8). Podría decirse: “Sin duda estos pasajes no pueden tomarse literalmente, pues ¿cómo podría entonces el pueblo de Dios pasar por el mundo?” El estado de ánimo prescrito en Juan 7:17 hará que tales objeciones se desvanezcan. TODO EL QUE ESTÉ DISPUESTO A PONER POR OBRA estos mandamientos del Señor LITERALMENTE, será, creo yo, llevado conmigo a ver que tomarlos LITERALMENTE es la voluntad de Dios.—Los que así los toman, sin duda serán a menudo llevados a dificultades, duras de soportar para la carne, pero estas tendrán la tendencia de hacerles sentir constantemente que son extranjeros y peregrinos aquí, que este mundo no es su hogar, y así de arrojarlos más sobre Dios, quien de cierto nos ayudará a través de cualquier dificultad en la que podamos vernos por procurar actuar en obediencia a su palabra.»
Esta entrega implícita a la palabra de Dios lo llevó a ciertas convicciones y a cierta conducta en cuanto al dinero, que influyeron poderosamente en su vida futura. Tenían su raíz en la convicción de que el dinero era una mayordomía divina, y que, por tanto, todo el dinero había de recibirse y repartirse en comunión directa con Dios mismo. Esto lo llevó a la adopción de las cuatro grandes reglas siguientes: 1. No recibir ningún salario fijo, tanto porque en su recaudación había a menudo mucho que discrepaba de la ofrenda voluntaria con la que ha de sostenerse el servicio de Dios, como porque en recibirlo había el peligro de poner más dependencia en fuentes humanas de ingreso que en el Dios vivo mismo. 2. No pedir jamás ayuda a ningún ser humano, por grande que fuera la necesidad, sino dar a conocer sus necesidades al Dios que ha prometido cuidar de sus siervos y oír su oración. 3. Tomar este mandamiento (Lucas 12:33) literalmente, «Vende lo que tienes y da limosna,» y no atesorar jamás dinero, sino gastar todo lo que Dios le confiaba en los pobres de Dios, en la obra de su reino. 4. Tomar también Romanos 13:8, «No debáis a nadie nada», literalmente, y no comprar jamás a crédito, ni endeudarse por cosa alguna, sino confiar en que Dios proveería.
Este modo de vivir no fue fácil al principio. Pero Muller testifica que fue de lo más bendito para llevar el alma a descansar en Dios, y para atraerla a una unión más estrecha con él cuando se inclinaba a retroceder. «Porque no servirá, no es posible, vivir en pecado y, al mismo tiempo, por la comunión con Dios, hacer descender del cielo todo lo que uno necesita para la vida presente.»
No mucho después de su establecimiento en Bristol, se fundó «LA INSTITUCIÓN DE CONOCIMIENTO ESCRITURAL PARA LA PATRIA Y EL EXTRANJERO» para ayudar en la obra de escuelas diurnas, escuelas dominicales, misiones y Biblias. De esta Institución, la obra del Hogar de Huérfanos, por la cual el Sr. Muller es más conocido, llegó a ser una rama. Fue en 1834 cuando su corazón fue conmovido por el caso de un huérfano llevado a Cristo en una de las escuelas, pero que tuvo que ir a un asilo de pobres donde no se atenderían sus necesidades espirituales. Al encontrarse poco después con una vida de Franke, escribe (20 de noviembre de 1835): «Hoy he tenido muy puesto en mi corazón no ya meramente pensar en el establecimiento de un Hogar de Huérfanos, sino ponerme de hecho a ello, y he estado mucho en oración respecto a esto, a fin de averiguar la mente del Señor. Que Dios lo haga claro.» Y de nuevo, el 25 de noviembre: «He estado otra vez mucho en oración ayer y hoy acerca del Hogar de Huérfanos, y estoy cada vez más convencido de que es de Dios. Que él en su misericordia me guíe. Las tres razones principales son—1. Que Dios sea glorificado, si a él le place proveerme de los medios, al verse que no es cosa vana confiar en él; y que así la fe de sus hijos sea fortalecida. 2. El bienestar espiritual de los niños sin padre y sin madre. 3. Su bienestar temporal.»
Después de algunos meses de oración y de esperar en Dios, se alquiló una casa, con lugar para treinta niños, y con el tiempo tres más, que contenían en total 120 niños. La obra se llevó adelante de este modo durante diez años, siendo las provisiones para las necesidades de los huérfanos pedidas y recibidas de Dios solamente. Fue con frecuencia un tiempo de gran necesidad y de mucha oración, pero una prueba de fe más preciosa que el oro fue hallada para alabanza, honra y gloria de Dios. El Señor estaba preparando a su siervo para cosas mayores. Por su providencia y su Espíritu Santo, el Sr. Muller fue llevado a desear, y a esperar en Dios hasta que recibió de él, la promesa segura de 15.000 libras para un Hogar que contuviera 300 niños. Este primer Hogar se abrió en 1849. En 1858 se abrió un segundo y un tercer Hogar, para 950 huérfanos más, con un costo de 35.000 libras. Y en 1869 y 1870, un cuarto y un quinto Hogar, para 850 más, con un gasto de 50.000 libras, sumando el número total de huérfanos 2100.
Además de esta obra, Dios le ha dado casi tanto como para la construcción de los Hogares de Huérfanos y el mantenimiento de los huérfanos, para otra obra: el sostenimiento de escuelas y misiones, la circulación de Biblias y tratados. En total ha recibido de Dios, para ser gastado en su obra, durante estos cincuenta años, más de un millón de libras esterlinas. Cuán poco sabía él, notémoslo con cuidado, cuando renunció a su pequeño salario de 35 libras al año en obediencia a la dirección de la palabra de Dios y del Espíritu Santo, lo que Dios estaba preparando para darle como recompensa de la obediencia y de la fe; y cuán maravillosamente había de cumplírsele la palabra: «Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré.»
Y estas cosas han sucedido como ejemplo para nosotros. Dios nos llama a ser seguidores de George Muller, así como él lo es de Cristo. Su Dios es nuestro Dios; las mismas promesas son para nosotros; el mismo servicio de amor y de fe en el que él trabajó nos está llamando por todos lados. Estudiemos, en relación con nuestras lecciones en la escuela de la oración, la manera en que Dios dio a George Muller tal poder como hombre de oración: hallaremos en ella la ilustración más notable de algunas de las lecciones que hemos estado estudiando con el bendito Maestro en la palabra. Se nos grabará en especial su primera gran lección: que si venimos a él por el camino que él ha señalado, con peticiones definidas, dadas a conocer a nosotros por el Espíritu mediante la palabra como conformes a la voluntad de Dios, podemos creer con toda confianza que todo lo que pidamos será hecho.
LA ORACIÓN Y LA PALABRA DE DIOS.
Más de una vez hemos visto que el que Dios escuche nuestra voz depende de que nosotros escuchemos la suya. (Véanse las Lecciones 22 y 23.) No solo debemos tener una promesa especial que alegar cuando hacemos una petición especial, sino que toda nuestra vida debe estar bajo la supremacía de la palabra: la palabra debe morar en nosotros. El testimonio de George Muller sobre este punto es de lo más instructivo. Nos cuenta cómo el descubrimiento del verdadero lugar de la palabra de Dios, y la enseñanza del Espíritu con ella, fue el comienzo de una nueva era en su vida espiritual. Acerca de ello escribe:—
«Ahora bien, la manera bíblica de razonar habría sido esta: Dios mismo ha condescendido a hacerse autor, y yo soy ignorante acerca de ese precioso libro que su Espíritu Santo ha hecho escribir por medio de sus siervos, y que contiene aquello que debo saber, y cuyo conocimiento me conducirá a la verdadera felicidad; por tanto, debo leer una y otra vez este preciosísimo libro, este libro de los libros, con la mayor seriedad, con la mayor oración, y con mucha meditación; y en esta práctica debo continuar todos los días de mi vida. Pues yo era consciente, aunque lo leía muy poco, de que apenas sabía nada de él. Pero en lugar de obrar así y de ser llevado por mi ignorancia de la palabra de Dios a estudiarla más, mi dificultad para entenderla, y el poco gozo que hallaba en ella, me hicieron descuidado en su lectura (porque la lectura frecuente y orante de la palabra no solo da más conocimiento, sino que aumenta el deleite que tenemos al leerla); y así, como muchos creyentes, durante los primeros cuatro años de mi vida divina prefería en la práctica las obras de hombres no inspirados a los oráculos del Dios vivo. La consecuencia fue que permanecí como un niño, tanto en conocimiento como en gracia. En conocimiento, digo; porque todo verdadero conocimiento debe derivarse, por el Espíritu, de la palabra. Y como descuidé la palabra, estuve durante casi cuatro años tan ignorante que no conocía claramente ni siquiera los puntos fundamentales de nuestra santa fe. Y esta falta de conocimiento me mantuvo, muy tristemente, apartado de andar con firmeza en los caminos de Dios. Pues cuando le plació al Señor, en agosto de 1829, traerme de veras a las Escrituras, mi vida y mi andar se volvieron muy diferentes. Y aunque desde entonces he quedado muy corto de lo que podría y debería ser, sin embargo, por la gracia de Dios se me ha concedido vivir mucho más cerca de él que antes. Si algún creyente lee esto y en la práctica prefiere otros libros a las Santas Escrituras, y disfruta de los escritos de los hombres mucho más que de la palabra de Dios, sea advertido por mi pérdida. Consideraré que este libro ha sido medio de hacer mucho bien, si le place al Señor, por su instrumentalidad, llevar a algunos de su pueblo a no descuidar ya las Santas Escrituras, sino a darles la preferencia que hasta ahora han otorgado a los escritos de los hombres.
«Antes de dejar este tema, solo añadiría: Si el lector entiende muy poco de la palabra de Dios, debe leerla mucho; porque el Espíritu explica la palabra por la palabra. Y si disfruta poco de la lectura de la palabra, esa es justamente la razón por la que debe leerla mucho; porque la lectura frecuente de las Escrituras crea un deleite en ellas, de modo que cuanto más las leemos, más deseamos hacerlo.
«Sobre todo, debe procurar que quede asentado en su propia mente que solo Dios, por su Espíritu, puede enseñarle, y que, por tanto, así como a Dios se le ha de buscar para pedir bendiciones, le conviene buscar la bendición de Dios antes de leer, y también mientras lee.
«Debe, además, tener asentado en su mente que, aunque el Espíritu Santo es el mejor y suficiente Maestro, sin embargo este Maestro no siempre enseña inmediatamente cuando lo deseamos, y que por tanto quizá tengamos que rogarle una y otra vez la explicación de ciertos pasajes; pero que al fin de cierto nos enseñará, si de veras buscamos luz con oración, con paciencia, y con miras a la gloria de Dios.»
Hallamos en su diario frecuente mención de que dedicaba dos y tres horas a la oración sobre la palabra para el alimento de su vida espiritual. Como fruto de esto, cuando tenía necesidad de fortaleza y de aliento en la oración, las promesas particulares no eran para él tantos argumentos de un libro para usar con Dios, sino palabras vivas que había oído hablarle la voz viva del Padre, y que ahora podía llevar al Padre en fe viva.
LA ORACIÓN Y LA VOLUNTAD DE DIOS.
Una de las mayores dificultades de los creyentes jóvenes es saber cómo pueden averiguar si lo que desean es conforme a la voluntad de Dios. Cuento como una de las lecciones más preciosas que Dios quiere enseñar por medio de la experiencia de George Muller, que él está dispuesto a dar a conocer, en cosas de las que su palabra nada dice directamente, que son su voluntad para nosotros, y que podemos pedirlas. La enseñanza del Espíritu, no sin la palabra ni contra ella, sino como algo por encima y más allá de ella, en adición a ella, sin la cual no podemos ver la voluntad de Dios, es la herencia de todo creyente. Es mediante LA PALABRA, Y SOLO LA PALABRA, que el Espíritu enseña, aplicando los principios o promesas generales a nuestra necesidad especial. Y es EL ESPÍRITU, Y SOLO EL ESPÍRITU, quien puede de veras hacer de la palabra una luz en nuestro camino, sea el camino del deber en nuestro andar diario, o el camino de la fe en nuestro acercamiento a Dios. Procuremos notar con cuánta sencillez y docilidad infantil fue que el descubrimiento de la voluntad de Dios fue dado a conocer tan segura y tan claramente a su siervo.
Con respecto a la edificación del primer Hogar y a la certeza que tenía de que era la voluntad de Dios, escribe en mayo de 1850, justo después de que hubo sido abierto, hablando de las grandes dificultades que había, y de cuán poco probable parecía a la naturaleza que fueran removidas: «Pero aunque la perspectiva ante mí habría sido abrumadora si la hubiera mirado con ojos naturales, ni una sola vez se me permitió cuestionar cómo terminaría. Pues, así como desde el principio estaba seguro de que era la voluntad de Dios que fuera a la obra de edificar para él este gran Hogar de Huérfanos, así también desde el principio estaba tan cierto de que la totalidad se terminaría como si el Hogar ya estuviera lleno.»
La manera en que averiguó cuál era la voluntad de Dios sale a la luz con especial claridad en su relato de la edificación del segundo Hogar; y pido al lector que estudie con cuidado la lección que la narración transmite:—
«Dic. 5 de 1850.—En estas circunstancias solo puedo orar para que el Señor, en su tierna misericordia, no permita que Satanás obtenga ventaja sobre mí. Por la gracia de Dios mi corazón dice: Señor, si pudiera estar seguro de que es tu voluntad que avance en este asunto, lo haría con gozo; y, por otra parte, si pudiera estar seguro de que estos son pensamientos vanos, necios y soberbios, que no vienen de ti, los aborrecería, por tu gracia, y los dejaría enteramente a un lado.
«Mi esperanza está en Dios: él me ayudará y me enseñará. Juzgando, sin embargo, por sus tratos anteriores conmigo, no me sería cosa extraña, ni sorprendente, que me llamara a trabajar todavía más ampliamente de esta manera.
«Los pensamientos acerca de ampliar la obra de los huérfanos no han surgido a causa de una abundancia de dinero que haya entrado últimamente; porque de un tiempo a esta parte he tenido que esperar unas siete semanas en Dios, mientras entraba poco, muy poco comparativamente, es decir, salía como cuatro veces más de lo que entraba; y, si el Señor no me hubiera enviado antes grandes sumas, de veras habríamos estado en apuros.
«¡Señor! ¿cómo puede tu siervo conocer tu voluntad en este asunto? ¿Te placerá enseñarle?
Diciembre 11.—Durante los últimos seis días, desde que escribí lo anterior, he estado, día tras día, esperando en Dios acerca de este asunto. Por lo general ha estado más o menos todo el día en mi corazón. Cuando he estado despierto de noche, no ha estado lejos de mis pensamientos. Sin embargo, todo esto sin la menor agitación. Estoy perfectamente calmado y tranquilo respecto a ello. Mi alma se regocijaría de avanzar en este servicio, si pudiera estar seguro de que el Señor quiere que lo haga; porque entonces, a pesar de las innumerables dificultades, todo iría bien; y su Nombre sería magnificado.
«Por otra parte, si estuviera convencido de que el Señor quiere que me contente con mi esfera actual de servicio, y que no debiera orar acerca de ampliar la obra, por su gracia podría, sin esfuerzo, ceder a ello con gozo; porque él me ha traído a tal estado de corazón, que solo deseo agradarle en este asunto. Además, hasta ahora no he hablado de esta cosa ni siquiera con mi amada esposa, la compañera de mis gozos, dolores y labores por más de veinte años; ni es probable que lo haga por algún tiempo aún: porque prefiero esperar en silencio en el Señor, sin conversar sobre este tema, a fin de ser guardado con más facilidad, por su bendición, de ser influido por cosas de afuera. La carga de mi oración acerca de este asunto es que el Señor no me permita cometer un error, y que me enseñe a hacer su voluntad.
«Diciembre 26.—Han transcurrido quince días desde que escribí el párrafo anterior. Cada día desde entonces he continuado orando acerca de este asunto, y eso con buena medida de fervor, con la ayuda de Dios. Apenas ha pasado una hora durante estos días en la que, estando despierto, este asunto no haya estado más o menos ante mí. Pero todo sin ni siquiera una sombra de agitación. No converso con nadie acerca de ello. Hasta ahora no lo he hecho ni siquiera con mi querida esposa. Por esto me abstengo todavía, y trato con Dios a solas acerca del asunto, a fin de que ninguna influencia externa ni ninguna agitación externa me impidan alcanzar un claro descubrimiento de su voluntad. Tengo la más plena y apacible certeza de que él me mostrará claramente su voluntad. Esta tarde he tenido de nuevo una temporada especialmente solemne de oración, para procurar conocer la voluntad de Dios. Pero mientras sigo suplicando y rogando al Señor que no me permita ser engañado en este negocio, puedo decir que apenas me queda duda alguna en la mente en cuanto a cuál será el desenlace, esto es, que debiera avanzar en este asunto. Como este, sin embargo, es uno de los pasos más trascendentales que jamás he dado, juzgo que no puedo emprender este asunto con demasiada cautela, oración y deliberación. No tengo prisa alguna con ello. Podría esperar años, por la gracia de Dios, si esta fuera su voluntad, antes de dar siquiera un solo paso hacia esta cosa, o antes de hablar de ella a nadie; y, por otra parte, me pondría a la obra mañana, si el Señor me lo mandara. Esta calma de mente, este no tener voluntad propia en el asunto, este solo desear agradar a mi Padre celestial en ello, este solo buscar su honra y no la mía en ello; este estado de corazón, digo, es para mí la más plena certeza de que mi corazón no está bajo una agitación carnal, y de que, si soy ayudado a seguir así, conoceré la voluntad de Dios en su plenitud. Pero, al escribir esto, no puedo menos que añadir al mismo tiempo que sí anhelo la honra y el glorioso privilegio de ser usado más y más por el Señor.
«Deseo que se me permita proveer instrucción bíblica para mil huérfanos, en lugar de hacerlo para 300. Deseo exponer las Santas Escrituras regularmente a mil huérfanos, en lugar de hacerlo a 300. Deseo que se manifieste aún más abundantemente que Dios sigue siendo quien oye y quien responde la oración, y que él es el Dios vivo ahora como siempre lo fue y siempre lo será, cuando, simplemente en respuesta a la oración, se haya dignado proveerme una casa para 700 huérfanos y con medios para sostenerlos. Esta última consideración es el punto más importante en mi mente. La honra del Señor es el punto principal para mí en todo este asunto; y justamente porque es así, si él fuera más glorificado con que yo no avanzara en este negocio, quedaría, por su gracia, perfectamente contento de renunciar a todo pensamiento acerca de otra Casa de Huérfanos. Sin duda, en tal estado de mente, obtenido por el Espíritu Santo, tú, oh Padre mío celestial, no permitirás que tu hijo se equivoque, y mucho menos que sea engañado. Con la ayuda de Dios continuaré aún, día tras día, esperando en él en oración, acerca de esta cosa, hasta que me mande actuar.
«Ene. 2 de 1851.—Hace una semana escribí el párrafo anterior. Durante esta semana he seguido siendo ayudado día tras día, y más de una vez cada día, a buscar la dirección del Señor acerca de otra Casa de Huérfanos. La carga de mi oración ha seguido siendo que él, en su gran misericordia, me guarde de cometer un error. Durante la última semana, el libro de Proverbios ha venido en el curso de mi lectura de las Escrituras, y mi corazón ha sido refrescado en cuanto a este tema por los siguientes pasajes: “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6). Por la gracia de Dios reconozco al Señor en todos mis caminos, y en esta cosa en particular; tengo, por tanto, la reconfortante certeza de que él enderezará mis veredas en cuanto a esta parte de mi servicio, en cuanto a si he de ocuparme en ella o no. Además: “La integridad de los rectos los encaminará” (Proverbios 11:3). Por la gracia de Dios soy recto en este negocio. Mi honesto propósito es dar gloria a Dios. Por tanto, espero ser guiado rectamente. Además: “Encomienda al Señor tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (Proverbios 16:3). Encomiendo mis obras al Señor, y por tanto espero que mis pensamientos serán afirmados. Mi corazón va llegando cada vez más a una calmada, tranquila y asentada certeza de que el Señor se dignará usarme todavía más en la obra de los huérfanos. Aquí, Señor, está tu siervo.»
Cuando más tarde decidió edificar dos casas adicionales, las Nos. 4 y 5, escribe de nuevo así:—
«Doce días han pasado desde que escribí el último párrafo. Todavía, día tras día, se me ha concedido esperar en el Señor con referencia a ampliar la obra de los huérfanos, y he estado durante todo este período también en perfecta paz, que es el resultado de buscar en esta cosa solo la honra del Señor y el beneficio temporal y espiritual de mis semejantes. Sin esfuerzo podría, por su gracia, dejar a un lado todo pensamiento acerca de todo este asunto, con tal de estar convencido de que es la voluntad de Dios que lo haga; y, por otra parte, avanzaría de inmediato, si él quisiera que fuese así. Todavía he guardado este asunto enteramente para mí. Aunque hace ya unas siete semanas que, día tras día, más o menos, mi mente se ha ejercitado en ello, y aunque he estado orando diariamente acerca de ello, sin embargo ni un solo ser humano lo sabe. Hasta ahora no se lo he mencionado ni siquiera a mi querida esposa, a fin de que así, esperando en silencio en Dios, no fuera influido por lo que pudiera decírseme sobre el tema. Esta tarde ha sido apartada particularmente para la oración, suplicando al Señor una vez más que no me permita equivocarme en esta cosa, y mucho menos ser engañado por el diablo. También he procurado dejar pasar ante mi mente todas las razones en contra de edificar otra Casa de Huérfanos, y todas las razones a favor de hacerlo: y ahora, por la claridad y la precisión, las escribo. . . .
«Por mucho, sin embargo, que las nueve razones anteriores pesen sobre mí, no me decidirían si no hubiera una más. Es esta. Después de haber ponderado el asunto por meses, y de haberlo mirado en todos sus aspectos y con todas sus dificultades, y luego de haber sido finalmente llevado, tras mucha oración, a decidirme por esta ampliación, mi mente está en paz. El niño que una y otra vez ha suplicado a su Padre celestial que no le permita ser engañado, ni siquiera cometer un error, está en paz, perfectamente en paz respecto a esta decisión; y tiene así la certeza de que la decisión tomada, tras mucha oración durante semanas y meses, es la dirección del Espíritu Santo; y por tanto se propone avanzar, creyendo con seguridad que no será confundido, porque confía en Dios. Muchas y grandes pueden ser sus dificultades; miles y decenas de miles de oraciones pueden haber ascendido a Dios, antes de que se obtenga la plena respuesta; puede requerirse mucho ejercicio de fe y de paciencia; pero al final se verá de nuevo que su siervo, que confía en él, no ha sido confundido.»
LA ORACIÓN Y LA GLORIA DE DIOS.
Más de una vez hemos procurado inculcar la verdad de que, si bien de ordinario buscamos las razones de que nuestras oraciones no sean oídas en que lo que pedimos no sea conforme a la voluntad de Dios, la Escritura nos advierte que hallemos la causa en nosotros mismos, en no estar en el estado correcto o en no pedir con el espíritu correcto. La cosa puede estar en plena conformidad con su voluntad, pero el pedir, el espíritu del suplicante, no; entonces no somos oídos. Así como la gran raíz de todo pecado es el yo y la búsqueda del yo, así no hay nada que, aun en nuestros deseos más espirituales, estorbe con tanta eficacia a Dios en responder como esto: oramos por nuestro propio placer o gloria. La oración, para tener poder y prevalecer, debe pedir por la gloria de Dios; y solo puede hacer esto quien vive para la gloria de Dios.
En George Muller tenemos uno de los ejemplos más notables que se conocen del Espíritu Santo de Dios llevando a un hombre, deliberada y sistemáticamente, al comienzo de un curso de oración, a hacer del glorificar a Dios su primer y único objeto. Ponderemos bien lo que dice, y aprendamos la lección que Dios quisiera enseñarnos por medio de él:—
«Se me presentaban constantemente casos que probaban que una de las cosas especiales que los hijos de Dios necesitaban en nuestros días era que su fe fuese fortalecida.
«Anhelaba, por tanto, tener algo que señalar a mis hermanos, como una prueba visible de que nuestro Dios y Padre es el mismo Dios fiel que siempre fue; tan dispuesto como siempre a PROBAR que él es el DIOS VIVO en nuestros días como antaño, para todos los que ponen su confianza en él.
«Mi espíritu anhelaba ser instrumento en fortalecer su fe, dándoles no solo ejemplos de la palabra de Dios, de su disposición y su capacidad para ayudar a todos los que se apoyan en él, sino mostrarles con pruebas que él es el mismo en nuestros días. Yo sabía que la palabra de Dios debía bastar, y por gracia bastaba para mí; pero aun así consideraba que debía tender una mano de ayuda a mis hermanos.
«Me juzgué, por tanto, obligado a ser el siervo de la Iglesia de Cristo, en el punto particular en el que yo había obtenido misericordia; a saber, en poder tomar a Dios por su palabra y apoyarme en ella. El primer objeto de la obra era, y sigue siendo: que Dios sea magnificado por el hecho de que los huérfanos bajo mi cuidado son provistos de todo lo que necesitan, solo por oración y fe, sin que se le pida a nadie; con lo cual pueda verse que Dios ES TODAVÍA FIEL, Y TODAVÍA OYE LA ORACIÓN.
«También estos últimos días he orado mucho acerca de la Casa de Huérfanos, y he examinado con frecuencia mi corazón; para que, si acaso fuera mi deseo establecerla por gratificarme a mí mismo, pudiera descubrirlo. Pues como deseo solo la gloria del Señor, me alegraré de ser instruido por medio de mi hermano, si el asunto no es de él.
«Cuando comencé la obra de los huérfanos en 1835, mi principal objeto era la gloria de Dios, dando una demostración práctica de lo que podía lograrse simplemente por medio de la oración y la fe, a fin de beneficiar así a la Iglesia en general, y de llevar a un mundo descuidado a ver la realidad de las cosas de Dios, mostrándoles en esta obra que el Dios vivo sigue siendo, como hace 4000 años, el Dios vivo. Este mi propósito ha sido abundantemente honrado. Multitudes de pecadores han sido así convertidos, multitudes de los hijos de Dios en todas partes del mundo han sido beneficiados por esta obra, tal como yo lo había previsto. Pero cuanto más ha crecido la obra, mayor ha sido la bendición, otorgada precisamente de la manera en que yo buscaba bendición: porque la atención de cientos de miles ha sido atraída a la obra; y muchas decenas de miles han venido a verla. Todo esto me lleva a desear más y más seguir trabajando de esta manera, a fin de traer aún mayor gloria al Nombre del Señor. Que él sea mirado, magnificado, admirado, confiado en, tenido por seguro en todo tiempo, es mi propósito en este servicio; y así en particular en esta ampliación proyectada. Que se vea cuánto puede lograr por la oración un pobre hombre, simplemente confiando en Dios; y que así otros hijos de Dios sean llevados a llevar adelante la obra de Dios en dependencia de él; y que los hijos de Dios sean llevados a confiar cada vez más en él en sus posiciones y circunstancias individuales, por eso soy llevado a esta ulterior ampliación.»
LA ORACIÓN Y LA CONFIANZA EN DIOS.
Hay otros puntos sobre los que me alegraría señalar lo que se halla en la narración del Sr. Muller, pero uno más debe bastar. Es la lección de la firme e inquebrantable confianza en la promesa de Dios como el secreto de la oración perseverante. Si una vez, en sumisión a la enseñanza del Espíritu en la palabra, hemos echado mano de la promesa de Dios, y hemos creído que el Padre nos ha oído, no debemos permitir que ninguna demora ni ninguna apariencia desfavorable nos hagan vacilar en nuestra fe.
«La plena respuesta a mis oraciones diarias distaba mucho de haberse realizado; sin embargo, el Señor concedía abundante aliento para continuar en oración. Pero supongamos, incluso, que hubiera entrado mucho menos de lo que se recibió; aun así, después de haber llegado a la conclusión, sobre fundamentos bíblicos, tras mucha oración y examen de mí mismo, debiera haber seguido adelante sin vacilar, en el ejercicio de la fe y la paciencia acerca de este objeto; y así todos los hijos de Dios, una vez convencidos de que cualquier cosa que llevan ante Dios en oración es conforme a su voluntad, deben continuar en oración creyente, expectante y perseverante hasta que la bendición sea concedida. Así estoy yo mismo ahora esperando en Dios ciertas bendiciones, por las cuales le he suplicado diariamente durante diez años y seis meses sin la interrupción de un solo día. Todavía no se da la plena respuesta en cuanto a la conversión de ciertas personas, aunque entretanto he recibido muchos miles de respuestas a la oración. También he orado diariamente sin interrupción por la conversión de otras personas durante unos diez años, por otras seis o siete años, por otras desde hace tres o dos años; y todavía no se concede la respuesta en cuanto a esas personas, mientras que entretanto muchos miles de mis oraciones han sido respondidas, y también almas convertidas, por las cuales había estado orando. Pongo especial énfasis en esto para provecho de quienes pudieran suponer que solo necesito pedir a Dios y recibir de inmediato; o que podría orar acerca de cualquier cosa, y la respuesta vendría de seguro. Solo se puede esperar obtener respuestas a oraciones que son conformes a la mente de Dios; y aun entonces, la paciencia y la fe pueden ejercitarse por muchos años, tal como se ejercitan las mías, en el asunto al que me he referido; y sin embargo continúo diariamente en oración, y espero la respuesta, y la espero tan seguramente que a menudo he dado gracias a Dios porque de cierto la dará, aunque ahora, por diecinueve años, la fe y la paciencia han sido así ejercitadas. Anímense, queridos cristianos, con nueva diligencia a entregarse a la oración, si tan solo pueden estar seguros de que piden cosas que son para la gloria de Dios.
«Pero el punto más notable es este: que 6 libras, 6 chelines y 6 peniques de Escocia me proveyeron, hasta donde puede saberse ahora, con todos los medios necesarios para acondicionar y promover las Nuevas Casas de Huérfanos. Seis años y ocho meses he estado día tras día, y por lo general varias veces al día, pidiendo al Señor que me diera los medios necesarios para esta ampliación de la obra de los huérfanos, que, según cálculos hechos en la primavera de 1861, parecía ser de unas cincuenta mil libras: la totalidad de esta suma la había recibido ahora. Alabo y magnifico al Señor por poner esta ampliación de la obra en mi corazón, y por darme valor y fe para ella; y, sobre todo, por sostener mi fe día tras día sin vacilar. Cuando se recibió la última porción del dinero, no estaba yo más seguro acerca del todo de lo que estaba en el tiempo en que no había recibido ni una sola donación para esta gran suma. Estaba yo, al principio, después de haber averiguado una vez su mente, mediante la más paciente y escudriñadora espera en Dios, tan plenamente seguro de que él lo llevaría a cabo como si las dos casas, con sus cientos de huérfanos ocupándolas, ya estuvieran ante mí. Hago aquí unas pocas observaciones para provecho de los creyentes jóvenes en relación con este tema: 1. Sean lentos para dar nuevos pasos en el servicio del Señor, o en sus negocios, o en sus familias: pesen todo bien; pésenlo todo a la luz de las Santas Escrituras y en el temor de Dios. 2. Procuren no tener voluntad propia, a fin de averiguar la mente de Dios, respecto a cualquier paso que se propongan dar, de modo que puedan decir honestamente que están dispuestos a hacer la voluntad de Dios, con tal de que él tenga a bien instruirles. 3. Pero cuando hayan averiguado cuál es la voluntad de Dios, busquen su ayuda, y búsquenla con fervor, con perseverancia, con paciencia, con fe, con expectación; y de seguro, a su debido tiempo y manera, la obtendrán.
«Suponer que solo tenemos dificultad con el dinero sería un error: se presentan cientos de otras necesidades y de otras dificultades. Es cosa rara que ocurra un día sin alguna dificultad o alguna necesidad; pero a menudo hay muchas dificultades y muchas necesidades que enfrentar y vencer el mismo día. Todas ellas se enfrentan con oración y fe, nuestro remedio universal; y nunca hemos sido confundidos. La oración paciente, perseverante y creyente, ofrecida a Dios en el Nombre del Señor Jesús, siempre, tarde o temprano, ha traído la bendición. No desespero, por la gracia de Dios, de obtener bendición alguna, con tal de estar seguro de que sería para algún bien real, y para la gloria de Dios.
Capítulo 33 completado
George Müller, y el secreto de su poder en la oración