Con Cristo en la escuela de oración
El ministerio de la intercesión

Capítulo 31 · 10 min de lectura

El ministerio de la intercesión

«Un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo».—1 Pedro 2:5.

«Seréis llamados sacerdotes del Señor».—Isaías 61:6.

EL Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ungió el Señor». Estas son las palabras de Jesús en Isaías. Como fruto de su obra, todos los redimidos son sacerdotes, copartícipes con Él de su unción con el Espíritu como Sumo Sacerdote. «Como el precioso óleo sobre la barba de Aarón, que descendía hasta el borde de sus vestiduras». Así como todo hijo de Aarón, así también todo miembro del cuerpo de Jesús tiene derecho al sacerdocio. Pero no todos lo ejercen: muchos aún lo ignoran por completo. Y, sin embargo, es el más alto privilegio de un hijo de Dios, la señal de la mayor cercanía y semejanza a Aquel, «que vive siempre para orar». ¿Duda usted de que esto sea realmente así? Piense en lo que constituye el sacerdocio. Está, primero, la obra del sacerdocio. Esta tiene dos lados: uno hacia Dios, el otro hacia los hombres. «Todo sacerdote es constituido a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren» (Heb 5:1); o, como dice Moisés (Deuteronomio 10:8, véanse también 21:5, 33:10; Malaquías 2:6): «El Señor apartó la tribu de Leví, para estar delante del Señor para servirle, y para bendecir su nombre». Por un lado, el sacerdote tenía la potestad de acercarse a Dios, de morar con Él en su casa, y de presentar delante de Él la sangre del sacrificio o el incienso encendido. Sin embargo, esta obra no la hacía en su propio favor, sino a causa del pueblo del cual era representante. Este es el otro lado de su obra. Recibía del pueblo sus sacrificios, los presentaba delante de Dios, y luego salía a bendecir en su nombre, a dar la seguridad de su favor y a enseñarles su ley.

Un sacerdote es, pues, un hombre que no vive en absoluto para sí mismo. Vive con Dios y para Dios. Su obra, como siervo de Dios, es cuidar de su casa, de su honra y de su culto, dar a conocer a los hombres su amor y su voluntad. Vive con los hombres y para los hombres (Heb 5:2). Su obra es descubrir el pecado y la necesidad de ellos, y llevarlos delante de Dios, ofrecer sacrificio e incienso en nombre de ellos, obtener para ellos perdón y bendición, y luego salir a bendecirlos en su nombre. Este es el alto llamamiento de todo creyente. «Tal honra tienen todos sus santos». Han sido redimidos con el único propósito de estar en medio de los millones que perecen a su alrededor, como sacerdotes de Dios, que, en conformidad con Jesús, el Gran Sumo Sacerdote, han de ser los ministros y administradores de la gracia de Dios a cuantos les rodean.

Y luego está el andar del sacerdocio, en armonía con su obra. Como Dios es santo, así el sacerdote había de ser especialmente santo. Esto significa no solo estar separado de todo lo inmundo, sino ser santo para Dios, apartado y entregado a Dios para que Él disponga de él. La separación del mundo y la consagración a Dios se manifestaba de muchas maneras.

Se veía en el vestido: las vestiduras santas, hechas conforme al propio orden de Dios, los señalaban como suyos (Éx 28). Se veía en el mandamiento acerca de su especial pureza y de su libertad de todo contacto con la muerte y la contaminación (Lv 11:22). Mucho de lo que se le permitía a un israelita común les estaba prohibido a ellos. Se veía en el precepto de que el sacerdote no debía tener defecto ni tacha corporal; la perfección corporal había de ser figura de la integridad y la santidad en el servicio de Dios. Y se veía en la disposición por la cual las tribus sacerdotales no habían de tener heredad con las demás tribus; Dios había de ser su heredad. Su vida había de ser una vida de fe: apartados para Dios, habían de vivir de Él tanto como para Él.

Todo esto es el emblema de lo que ha de ser el carácter del sacerdote del Nuevo Testamento. Nuestro poder sacerdotal ante Dios depende de nuestra vida y nuestro andar personales. Hemos de ser de aquellos de cuyo andar en la tierra dice Jesús: «No han manchado sus vestiduras».

En la renuncia a lo que a otros puede parecer lícito, en nuestra separación del mundo, hemos de probar que nuestra consagración a ser santos para el Señor es entera y de todo corazón. La perfección corporal del sacerdote ha de tener su contraparte en que nosotros también seamos «sin mancha ni tacha», «el hombre de Dios perfecto, enteramente preparado para toda buena obra», «perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna» (Lv 21:17-21; Ef 5:27; 2 Ti 2:7; Stg 1:4). Y sobre todo, consentimos en renunciar a toda heredad en la tierra; en dejarlo todo y, como Cristo, tener solo a Dios como nuestra porción: poseer como no poseyendo, y guardarlo todo para Dios solo: es esto lo que señala al verdadero sacerdote, el hombre que vive únicamente para Dios y para sus semejantes.

Y ahora, el camino al sacerdocio. En Aarón, Dios había escogido a todos sus hijos para ser sacerdotes: cada uno de ellos era sacerdote por nacimiento. Y, sin embargo, ninguno podía comenzar su obra sin un acto especial de ordenación: su consagración. Todo hijo de Dios es sacerdote en virtud de su nacimiento, de su parentesco de sangre con el Gran Sumo Sacerdote; pero esto no basta: ejercerá su poder solo cuando acepte y comprenda su consagración.

Con Aarón y sus hijos sucedió así (Éx 29): después de ser lavados y vestidos, fueron ungidos con el óleo santo. Luego se ofrecieron sacrificios, y con la sangre se tocaron la oreja derecha, la mano derecha y el pie derecho. Y después, ellos y sus vestiduras fueron rociados una vez más con la sangre y el óleo juntos. Y así, a medida que el hijo de Dios entra más plenamente en lo que LA SANGRE y EL ESPÍRITU, de los cuales ya es partícipe, son para él, el poder del Santo Sacerdocio obrará en él. La sangre quitará todo sentimiento de indignidad; el Espíritu, todo sentimiento de incapacidad.

Observemos lo que había de nuevo en la aplicación de la sangre al sacerdote. Si alguna vez, como penitente, había traído un sacrificio por su pecado buscando perdón, la sangre se rociaba sobre el altar, pero no sobre su persona. Pero ahora, para la consagración sacerdotal, había de haber un contacto más estrecho con la sangre; la oreja, la mano y el pie eran puestos, por un acto especial, bajo su poder, y todo el ser era tomado en posesión y santificado para Dios. Y así, cuando el creyente, que se había contentado con pensar principalmente en la sangre rociada sobre el propiciatorio como lo que necesita para el perdón, es llevado a buscar el pleno acceso sacerdotal a Dios, siente la necesidad de una experiencia más plena y más permanente del poder de la sangre, que verdaderamente rocía y limpia el corazón de una mala conciencia, de modo que ya «no tiene más conciencia de pecado» (Heb 10:2), como limpieza de todo pecado. Y es cuando llega a gozar de esto que se despierta la conciencia de su maravilloso derecho al más íntimo acceso a Dios, y de la plena seguridad de que sus intercesiones son aceptables.

Y así como la sangre da el derecho, el Espíritu da el poder, y capacita para la intercesión creyente. Él infunde en nosotros el espíritu sacerdotal: un amor ardiente por la honra de Dios y por la salvación de las almas. Nos hace tan uno con Jesús que la oración en su nombre es una realidad. Nos fortalece para una oración creyente e importuna. Cuanto más lleno está verdaderamente el cristiano del Espíritu de Cristo, tanto más espontánea será su entrega a la vida de intercesión sacerdotal. ¡Amados hermanos en Cristo! Dios necesita, necesita grandemente, sacerdotes que puedan acercarse a Él, que vivan en su presencia y que, por su intercesión, hagan descender las bendiciones de su gracia sobre otros. Y el mundo necesita, necesita grandemente, sacerdotes que lleven la carga de los que perecen e intercedan a favor de ellos.

¿Está usted dispuesto a ofrecerse para esta santa obra? Usted conoce la entrega que exige: nada menos que la renuncia a todo, a semejanza de Cristo, para que los propósitos salvadores del amor de Dios se cumplan entre los hombres. Oh, no sea ya de aquellos que se contentan con tener la salvación y hacen apenas la obra suficiente para mantenerse tibios y animados. Oh, que nada le retenga de entregarse a ser total y únicamente sacerdote: nada más, nada menos que sacerdote del Dios Altísimo. El pensamiento de la indignidad, de la incapacidad, no tiene por qué detenerle. En la Sangre, el poder objetivo de la redención perfecta obra en usted: en el Espíritu queda asegurada su plena experiencia personal y subjetiva como vida divina. La Sangre provee una dignidad infinita que hace sus oraciones plenamente aceptables: El Espíritu provee una idoneidad divina, enseñándole a orar justamente conforme a la voluntad de Dios. Todo sacerdote sabía que, cuando presentaba un sacrificio conforme a la ley del santuario, era aceptado: bajo la cobertura de la Sangre y del Espíritu usted tiene la seguridad de que todas las maravillosas promesas hechas a la oración en el nombre de Jesús se cumplirán en usted. Permaneciendo en unión con el Gran Sumo Sacerdote, «pedid todo lo que queréis, y os será hecho». Tendrá usted poder para orar la oración eficaz del justo, que puede mucho. No solo se unirá a la oración general de la Iglesia por el mundo, sino que podrá, en su propia esfera, emprender su obra especial en la oración: como sacerdote, tratarla con Dios, recibir y conocer la respuesta, y así bendecir en su nombre. Venga, hermano, venga, y sea sacerdote, solo sacerdote, todo sacerdote. Procure ahora andar delante del Señor en la plena conciencia de que ha sido apartado para el santo Ministerio de la Intercesión. Esta es la verdadera bienaventuranza de la conformidad a la imagen del Hijo de Dios.

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR».

Oh Tú, mi bendito Sumo Sacerdote, acepta la consagración con la que mi alma quisiera ahora responder a tu mensaje.

Creo en EL SANTO SACERDOCIO DE TUS SANTOS, y que también yo soy sacerdote, con poder para presentarme ante el Padre y, en la oración que mucho puede, hacer descender bendición sobre los que perecen a mi alrededor.

Creo en EL PODER DE TU PRECIOSA SANGRE para limpiar de todo pecado, para darme perfecta confianza ante Dios y acercarme en la plena seguridad de la fe de que mi intercesión será oída.

Creo en LA UNCIÓN DEL ESPÍRITU, que desciende cada día de Ti, mi Gran Sumo Sacerdote, para santificarme, para llenarme de la conciencia de mi llamamiento sacerdotal y de amor por las almas, para enseñarme lo que es conforme a la voluntad de Dios, y cómo orar la oración de fe.

Creo que, así como Tú, mi Señor Jesús, eres Tú mismo en todas las cosas mi vida, así también eres TÚ LA FIANZA DE MI VIDA DE ORACIÓN, y Tú mismo me elevarás a la comunión de tu maravillosa obra de intercesión.

En esta fe me entrego hoy a mi Dios, como uno de sus sacerdotes ungidos, para estar delante de su rostro e interceder a favor de los pecadores, y para salir y bendecir en su nombre.

¡Santo Señor Jesús! acepta y sella mi consagración. Sí, Señor, pon Tú tus manos sobre mí, y conságrame Tú mismo a esta tu santa obra. Y permíteme andar entre los hombres con la conciencia y el carácter de un sacerdote del Dios Altísimo.

Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados CON SU PROPIA SANGRE, Y NOS HIZO reyes y sacerdotes para Dios y su Padre; A ÉL sea gloria y dominio por los siglos de los siglos. Amén

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