Capítulo 14 · 12 min de lectura
La cura de la incredulidad
«Vinieron entonces los discípulos a Jesús, aparte, y dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Y Jesús les dijo: Por vuestra incredulidad: porque de cierto os digo, si tuviereis fe como un grano de mostaza, nada será imposible para vosotros. Pero este género no sale sino con oración y ayuno»—Mateo 17:19-21.
CUANDO los discípulos vieron que Jesús echó fuera el espíritu maligno del epiléptico a quien «no lo pudieron sanar», preguntaron al Maestro la causa de su fracaso. Él les había dado «poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar toda enfermedad». Muchas veces habían ejercido ese poder, y con gozo habían contado cómo los demonios se les sujetaban. Y, sin embargo, ahora, mientras Él estaba en el monte, habían fracasado por completo. Que no había nada en la voluntad de Dios ni en la naturaleza del caso que hiciera imposible la liberación, había quedado probado: a la orden de Cristo el espíritu maligno había salido. Por su expresión, «¿Por qué nosotros no pudimos?», es evidente que habían deseado y procurado hacerlo; probablemente habían usado el nombre del Maestro, y habían mandado al espíritu maligno que saliese. Sus esfuerzos habían sido vanos, y en presencia de la multitud habían quedado avergonzados. «¿Por qué nosotros no pudimos?»
La respuesta de Cristo fue directa y sencilla: «Por vuestra incredulidad». La causa de su éxito y del fracaso de ellos no se debía a que Él tuviese un poder especial al cual ellos no tuviesen acceso. No; la razón no había que buscarla lejos. Tantas veces les había enseñado que hay un solo poder, el de la fe, ante el cual, en el reino de las tinieblas como en el reino de Dios, todo debe doblegarse; en el mundo espiritual el fracaso tiene una sola causa: la falta de fe. La fe es la única condición por la cual todo el poder divino puede entrar en el hombre y obrar por medio de él. Es la receptividad de lo invisible: la voluntad del hombre entregada a la voluntad de Dios, y moldeada por ella. El poder que habían recibido para echar fuera demonios no lo poseían en sí mismos como un don o una posesión permanente; el poder estaba en Cristo, para ser recibido, retenido y usado solo por la fe, una fe viva en Él mismo. Si hubieran estado llenos de fe en Él como Señor y Vencedor en el mundo de los espíritus, si hubieran estado llenos de fe en Él como quien les había dado autoridad para echar fuera en su nombre, esta fe les habría dado la victoria. «Por vuestra incredulidad» fue, para siempre, la explicación y la reprensión que el Maestro dio de la impotencia y del fracaso en su Iglesia.
Pero tal falta de fe también debe tener una causa. Bien podrían haber preguntado los discípulos: «Y ¿por qué no pudimos creer? Nuestra fe ha echado fuera demonios antes de ahora: ¿por qué ahora hemos fallado en creer?» El Maestro procede a decírselo antes de que pregunten: «Este género no sale sino con ayuno y oración». Así como la fe es el más sencillo, así es también el más alto ejercicio de la vida espiritual, donde nuestro espíritu se entrega en perfecta receptividad al Espíritu de Dios y así es fortalecido para su actividad más elevada. Esta fe depende enteramente del estado de la vida espiritual; solo cuando esta es fuerte y goza de plena salud, cuando el Espíritu de Dios tiene pleno dominio en nuestra vida, existe el poder de la fe para hacer sus obras poderosas. Y por eso Jesús añade: «Pero este género no sale sino con ayuno y oración». La fe que puede vencer una resistencia tan obstinada como la que acabáis de ver en este espíritu maligno, les dice Jesús, no es posible sino en hombres que viven en muy estrecha comunión con Dios, y en muy especial separación del mundo: en oración y ayuno. Y así nos enseña dos lecciones sobre la oración de profunda importancia. La una, que la fe necesita una vida de oración en la cual crecer y mantenerse fuerte. La otra, que la oración necesita el ayuno para su pleno y perfecto desarrollo.
La fe necesita una vida de oración para su pleno crecimiento. En todas las diversas partes de la vida espiritual hay una unión tan estrecha, una acción y reacción tan incesante, que cada una puede ser a la vez causa y efecto. Así ocurre con la fe. No puede haber verdadera oración sin fe; alguna medida de fe debe preceder a la oración. Y, sin embargo, la oración es también el camino hacia una fe mayor; no puede haber grados más altos de fe sino por medio de mucha oración. Esta es la lección que Jesús enseña aquí. No hay nada que necesite tanto crecer como nuestra fe. «Vuestra fe va creciendo», se dice de una iglesia. Cuando Jesús pronunció las palabras «Conforme a vuestra fe os sea hecho», anunció la ley del reino, que nos dice que no todos tienen igual grado de fe, que una misma persona no siempre tiene el mismo grado, y que la medida de la fe siempre ha de determinar la medida del poder y de la bendición. Si queremos saber dónde y cómo ha de crecer nuestra fe, el Maestro nos señala el trono de Dios. Es en la oración, en el ejercicio de la fe que tengo, en comunión con el Dios vivo, donde la fe puede aumentar. La fe solo puede vivir alimentándose de lo que es divino, de Dios mismo.
Es en la adoración reverente de Dios, en el esperar en Él y aguardarle, en el profundo silencio del alma que se entrega para que Dios se revele a sí mismo, donde se desarrollará la capacidad de conocer a Dios y de confiar en Él. Es al tomar su palabra del Bendito Libro, y llevarla a Él mismo, pidiéndole que nos la hable con su voz viva y amorosa, como vendrá el poder de creer plenamente y de recibir la palabra como palabra de Dios para nosotros. Es en la oración, en el contacto vivo con Dios por una fe viva, donde la fe —el poder de confiar en Dios, y en esa confianza aceptar todo lo que Él dice, aceptar toda posibilidad que Él ha ofrecido a nuestra fe— se hará fuerte en nosotros. Muchos cristianos no pueden entender lo que se quiere decir con esa mucha oración de la que a veces oyen hablar: no logran formarse ninguna idea de ella, ni sienten la necesidad de pasar horas con Dios. Pero lo que el Maestro dice, la experiencia de su pueblo lo ha confirmado: los hombres de fe fuerte son hombres de mucha oración.
Esto nos vuelve a llevar de nuevo a la lección que aprendimos cuando Jesús, antes de decirnos que creamos que recibimos lo que pedimos, dijo primero: «Tened fe en Dios». Es en Dios, el Dios vivo, en quien nuestra fe debe hincar sus raíces hondas y anchas; entonces será fuerte para quitar montes y echar fuera demonios. «Si tuviereis fe, nada os será imposible». ¡Oh! si tan solo nos entregáramos a la obra que Dios tiene para nosotros en el mundo, entrando en contacto con los montes y los demonios que hay que apartar y echar fuera, pronto comprenderíamos cuánta fe se necesita, y cuánta oración, como el suelo en el cual únicamente puede cultivarse la fe. Cristo Jesús es nuestra vida, la vida de nuestra fe también. Es su vida en nosotros la que nos hace fuertes, y la que nos hace sencillos para creer. Es en el morir al yo que implica la mucha oración, en la unión más estrecha con Jesús, donde el espíritu de la fe vendrá con poder. La fe necesita oración para su pleno crecimiento.
Y la oración necesita el ayuno para su pleno crecimiento: esta es la segunda lección. La oración es la mano con la cual asimos lo invisible; el ayuno, la otra, con la cual soltamos y arrojamos lejos lo visible. En nada está el hombre más estrechamente ligado al mundo de los sentidos que en su necesidad de alimento y en el gozo que le produce. Fue con el fruto, bueno para comer, con lo que el hombre fue tentado y cayó en el Paraíso. Fue con pan que había de hacerse de piedras como Jesús, teniendo hambre, fue tentado en el desierto, y fue en el ayuno donde triunfó. El cuerpo ha sido redimido para ser templo del Espíritu Santo; es en el cuerpo tanto como en el espíritu, y muy especialmente, dice la Escritura, en el comer y el beber, como hemos de glorificar a Dios. Es de temer que hay muchos cristianos para quienes este comer para la gloria de Dios aún no ha llegado a ser una realidad espiritual. Y el primer pensamiento que sugieren las palabras de Jesús acerca del ayuno y la oración es que solo en una vida de moderación, templanza y abnegación habrá el corazón o la fuerza para orar mucho.
Pero además hay también su sentido más literal. La tristeza y la ansiedad no pueden comer: el gozo celebra sus fiestas comiendo y bebiendo. Pueden llegar tiempos de intenso anhelo, cuando se siente con fuerza cómo el cuerpo, con sus apetitos, por lícitos que sean, todavía estorba al espíritu en su batalla con las potestades de las tinieblas, y se siente la necesidad de mantenerlo sujeto. Somos criaturas de los sentidos: nuestra mente es ayudada por lo que nos llega encarnado en forma concreta; el ayuno ayuda a expresar, a ahondar y a confirmar la resolución de que estamos dispuestos a sacrificar cualquier cosa, a sacrificarnos a nosotros mismos, para alcanzar lo que buscamos para el reino de Dios. Y Aquel que aceptó el ayuno y el sacrificio del Hijo sabe valorar, aceptar y recompensar con poder espiritual al alma que está así dispuesta a entregarlo todo por Cristo y por su reino.
Y luego sigue una aplicación aún más amplia. La oración es el tender hacia Dios y hacia lo invisible; el ayuno, el soltar todo lo que es de lo visible y temporal. Mientras que los cristianos comunes se imaginan que todo lo que no está positivamente prohibido ni es pecaminoso les es lícito, y procuran retener cuanto puedan de este mundo, con sus bienes, su literatura y sus placeres, el alma verdaderamente consagrada es como el soldado que lleva solo lo que necesita para la guerra. Despojándose de todo peso, así como del pecado que tan fácilmente lo asedia, temeroso de enredarse con los negocios de esta vida, procura llevar una vida de nazareo, como quien está especialmente apartado para el Señor y su servicio. Sin tal separación voluntaria, aun de lo que es lícito, nadie alcanzará poder en la oración: este género no sale sino con ayuno y oración.
¡Discípulos de Jesús! ustedes que han pedido al Maestro que les enseñe a orar, vengan ahora y acepten sus lecciones. Él les dice que la oración es el camino hacia la fe, la fe fuerte, que puede echar fuera demonios. Él les dice: «Si tuviereis fe, nada os será imposible;» que esta gloriosa promesa los anime a orar mucho. ¿No vale el premio lo que cuesta? ¿No lo dejaremos todo para seguir a Jesús por la senda que aquí nos abre? ¿No ayunaremos, si es necesario? ¿No haremos cualquier cosa para que ni el cuerpo ni el mundo que nos rodea nos estorben en nuestra gran obra de la vida —el tener trato con nuestro Dios en la oración— para que lleguemos a ser hombres de fe, a quienes Él pueda usar en su obra de salvar al mundo?
«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»
¡Oh Señor Jesús! ¡cuán continuamente has de reprendernos por nuestra incredulidad! ¡Cuán extraña ha de parecerte esta terrible incapacidad de confiar en nuestro Padre y en sus promesas! ¡Señor! deja que Tu reprensión, con su escrutadora «Por vuestra incredulidad», se hunda en lo más profundo de nuestros corazones, y nos revele cuánto del pecado y del sufrimiento que nos rodea es culpa nuestra. Y enséñanos entonces, bendito Señor, que hay un lugar donde la fe puede aprenderse y ganarse: aun en la oración y el ayuno que introducen en una comunión viva y permanente contigo mismo y con el Padre.
¡Oh Salvador! Tú mismo eres el Autor y Consumador de nuestra fe; enséñanos lo que es dejarte vivir en nosotros por Tu Espíritu Santo. ¡Señor! nuestros esfuerzos y oraciones pidiendo gracia para creer han sido tan inútiles. Sabemos por qué fue así: buscábamos en nosotros mismos la fuerza que había de venir de Ti. ¡Santo Jesús! enséñanos por fin el misterio de Tu vida en nosotros, y cómo Tú, por Tu Espíritu, te encargas de vivir en nosotros la vida de fe, de cuidar de que nuestra fe no desfallezca. Oh, haznos ver que nuestra fe no será sino una parte de esa maravillosa vida de oración que Tú das a quienes esperan su formación para el ministerio de la intercesión, no solo en palabra y pensamiento, sino en la Santa Unción que Tú das, el fluir del Espíritu de Tu propia vida. Y enséñanos cómo, en el ayuno y la oración, podemos crecer hasta la fe para la cual nada será imposible. Amén.
NOTA
En el tiempo en que Blumhardt atravesaba su terrible conflicto con los espíritus malignos en los endemoniados, y procuraba echarlos fuera por la oración, muchas veces se preguntaba qué era lo que estorbaba la respuesta. Un día, un amigo a quien le había hablado de su angustia dirigió su atención a las palabras de nuestro Señor acerca del ayuno. Blumhardt resolvió entregarse al ayuno, a veces por más de treinta horas. De la reflexión y de la experiencia sacó la convicción de que ello tiene más importancia de la que generalmente se piensa. Dice: «Por cuanto el ayuno es, delante de Dios, una prueba práctica de que aquello que pedimos es para nosotros asunto de verdadero y apremiante interés, y por cuanto en alto grado fortalece la intensidad y el poder de la oración, y llega a ser la incesante expresión práctica de una oración sin palabras, podría creer que no sería sin eficacia, especialmente porque las palabras del Maestro hacían referencia a un caso como el presente. Lo probé, sin decírselo a nadie, y en verdad el conflicto posterior fue extraordinariamente aliviado por ello. Pude hablar con mucho mayor sosiego y decisión. No necesitaba estar tan largo tiempo presente con el enfermo; y sentí que podía influir sin estar presente.»
Capítulo 14 completado
La cura de la incredulidad