Capítulo 1 · 5 min de lectura
Prefacio
De todas las promesas ligadas al mandamiento «PERMANECED EN MÍ», no hay ninguna más elevada, ni ninguna que antes arranque la confesión «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto», que esta: «Si permanecéis en mí, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» El poder para con Dios es el logro más alto de la vida de plena permanencia.
Y de todos los rasgos de una vida SEMEJANTE A CRISTO, no hay ninguno más alto y más glorioso que la conformidad con Él en la obra que ahora le ocupa sin cesar en la presencia del Padre—su intercesión todopoderosa. Cuanto más permanezcamos en Él, y crezcamos hasta su semejanza, tanto más obrará en nosotros con poder su vida sacerdotal, y nuestra vida llegará a ser lo que es la suya, una vida que siempre intercede y prevalece por los hombres.
«Nos has hecho reyes y sacerdotes para Dios.» Tanto en el rey como en el sacerdote lo principal es el poder, la influencia, la bendición. En el rey es el poder que desciende; en el sacerdote, el poder que se eleva, que prevalece para con Dios. En nuestro bienaventurado Sacerdote-Rey, Jesucristo, el poder real se funda en lo sacerdotal: «Él puede salvar hasta lo sumo, porque vive siempre para interceder.» En nosotros, sus sacerdotes y reyes, no es de otro modo: es en la intercesión donde la Iglesia ha de hallar y ejercer su más alto poder, donde cada miembro de la Iglesia ha de probar su descendencia de Israel, quien como príncipe tuvo poder con Dios y con los hombres, y prevaleció.
Bajo la honda impresión de que el lugar y el poder de la oración en la vida cristiana se comprenden demasiado poco, se ha escrito este libro. Estoy seguro de que, mientras miremos la oración principalmente como el medio de sostener nuestra propia vida cristiana, no conoceremos plenamente lo que está llamada a ser. Pero cuando aprendamos a considerarla como la parte más alta de la obra que se nos ha confiado, la raíz y la fuerza de toda otra obra, veremos que no hay nada que tengamos tanta necesidad de estudiar y practicar como el arte de orar bien. Si en algo he logrado señalar la enseñanza progresiva de nuestro Señor respecto de la oración, y la referencia precisa que las maravillosas promesas de la última noche (Juan 14:16) tienen a las obras que hemos de hacer en su nombre, a las obras mayores y al llevar mucho fruto, todos admitiremos que solo cuando la Iglesia se entrega a esta santa obra de intercesión podemos esperar que el poder de Cristo se manifieste en favor de ella. Es mi oración que Dios use este pequeño libro para aclarar a algunos de sus hijos el maravilloso lugar de poder e influencia que Él espera que ocupen, y que también un mundo cansado aguarda.
En relación con esto hay otra verdad que me ha llegado con maravillosa claridad al estudiar la enseñanza de Jesús sobre la oración. Es esta: que el Padre espera oír toda oración de fe, para darnos cualquier cosa que queramos, y cualquier cosa que pidamos en el nombre de Jesús. Nos hemos acostumbrado tanto a limitar el amor maravilloso y las grandes promesas de nuestro Dios, que no podemos leer las declaraciones más sencillas y claras de nuestro Señor sin las cláusulas restrictivas con que las resguardamos y explicamos. Si hay algo que creo que la Iglesia necesita aprender, es que Dios quiere que la oración tenga respuesta, y que no ha subido al corazón del hombre concebir lo que Dios hará por su hijo que se entrega a creer que su oración será oída. Dios oye la oración; esta es una verdad universalmente admitida, pero cuyo sentido muy pocos comprenden, o cuyo poder experimentan. Si lo que he escrito mueve a mi lector a acudir a las palabras del Maestro, y a tomar sus maravillosas promesas sencilla y literalmente como están, mi objetivo se habrá alcanzado.
Y luego una cosa más. Miles han hallado en estos últimos años una bendición inefable al aprender cuán completamente Cristo es nuestra vida, y cómo Él se encarga de ser y de hacer en nosotros todo lo que necesitamos. No sé si hemos aprendido aún a aplicar esta verdad a nuestra vida de oración. Muchos se quejan de que no tienen el poder de orar con fe, de orar la oración eficaz que puede mucho. El mensaje que de buena gana les traería es que el bendito Jesús está esperando, anhelando, enseñarles esto. Cristo es nuestra vida: en el cielo Él vive siempre para orar; su vida en nosotros es una vida que ora sin cesar, con tal que confiemos en Él para ello. Cristo nos enseña a orar no solo con el ejemplo, con la instrucción, con el mandato, con las promesas, sino al mostrarnos A SÍ MISMO, el Intercesor siempre vivo, como nuestra Vida. Es cuando creemos esto, y vamos y permanecemos en Él también para nuestra vida de oración, que se desvanecerán nuestros temores de no poder orar bien, y con gozo y triunfo confiaremos en que nuestro Señor nos enseñará a orar, a ser Él mismo la vida y el poder de nuestra oración.
Que Dios abra nuestros ojos para ver qué es el santo ministerio de intercesión para el cual, como su real sacerdocio, hemos sido apartados. Que Él nos dé un corazón amplio y fuerte para creer cuán poderosa influencia pueden ejercer nuestras oraciones. Y que todo temor en cuanto a poder cumplir nuestra vocación se desvanezca al ver a Jesús, viviendo siempre para orar, viviendo en nosotros para orar, y saliendo fiador de nuestra vida de oración.
ANDREW MURRAY
WELLINGTON, 28º de octubre de 1885
Capítulo 1 completado
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